Roberto Armijo un poeta comprometido con la vida

Por Manuel Giraldo-Magil
Es para recordar siempre y con el mismo afecto, a un amigo como lo fue el poeta Roberto Armijo, a quien conocí a comienzos de la década de los ochenta y en los distintos viajes que hacía a París, el apartamento del Poeta Armijo, era un lugar de encuentro con escritores de Europa y Latinoamérica, se vivía como en una tertulia permanente; además de la generosidad y la actitud solidaria, que siempre mantuvo ese gran ser humano que fue Roberto Armijo.
La principal razón que siempre me motivó a buscarlo, fue su poesía y su amplio conocimiento de la literatura iberoamericana y universal; escuché atentamente sus recomendaciones en cuanto a libros y lecturas fundamentales para un escritor que apenas se iniciaba en el mundo de la literatura; la posibilidad de explorar en su biblioteca y orientado por él, tuve la oportunidad de conocer a fondo esa ‘generación comprometida’ que en esos años, de cierta manera jugaba un papel no decisorio, pero sí de opinión, frente a la guerra que vivía El Salvador. En distintos viajes y encuentros en París, pude darme cuenta del compromiso asumido por Armijo, más si tenemos en cuenta que sus hijos mayores participaban activamente del movimiento revolucionario FMLN, lo que lleva al poeta a asumir una responsabilidad diplomática de apoyo.
Fueron años difíciles, sin embargo, cuando se llegaba al apartamento de la rue André Antoine, lo más grato era encontrar esa sonrisa complaciente que lo recibía a uno como si del familiar más cercano se tratara. Así era Roberto Armijo, un poeta, novelista, ensayista y profesor magistral de literatura. 
Tuve la oportunidad de leer en su original El asma de Leviatán, una novela en donde el Poeta crea una analogía novelada en torno a la historia del Siete Pañuelos, el protagonista a través del cual se va contando la historia; es El Salvador y es América Latina en su lucha por ser soberanos, frente a Estados Unidos y las transnacionales financieras que invaden nuestros países. En su poesía: El que volvió su mano una ave / en la curva de una idea / y una rosa en los labios de una metáfora, Roberto Armijo encarnó el mito del poeta latinoamericano en París.
Como César Vallejo, murió en París, ciudad a la que llegó exiliado en la década de los 70. De esta generación comprometida, él era El Poeta, junto con su amigo del alma: Roque Dalton era espontáneo / Sus frases como duendecillos / jugaban con los adjetivos / perseguían con celo la palabra/ para engranarla cuidadoso. Tenía autores de cabecera y sobre los que escribió: Rubén Darío, Salarrué, César Vallejo, Huidobro, entre otros ensayos, que originalmente se publicaron en revistas de Europa y América Latina. En un documental que se realizó estando él ya enfermo nos cuenta el daño que ocasionó la guerra en su Salvador querido, el abandono y la expoliación a la que fue sometido su pueblo, lo que le llevó a escribir: El Salvador es un camposanto / cualquier puñado de tierra /ocultaba huesos anónimos / En sus últimos años / pintaba el cielo / lo ocultaba en sus ojos.
Es muy factible que Armijo profetizara como Vallejo su muerte en París con aguacero, como igual pudo presentir desde la poesía, dicho momento: En el fondo de la niebla oí un ruido / como de piedras que resbalan en hondos socavones / y el ruido crecía y se multiplicaba en ruidos y temblores. En Poemas de ninguna parte, escritos en el hospital, el poeta no sólo nos describe las sensaciones finales de su vida, si no el canto mismo a la muerte que se acerca de manera inevitable: Y el ruido del topo irradiaba diamantes / quebraba en mi corazón los astros los caracoles / los caballitos de mar /porque consumiéndome este topo mágico /alejaba la oscuridad de mis labios / me quemaba en una fogata de luminosidad cósmica.