En Praga


Crónica del libro inédito La ciudad del poeta
Por Carlos Fajardo Fajardo*
Quien se ha hundido en la poesía
ya no puede salir.
Vladimir Holan

Entré a Praga y me uní a sus calles y torres medievales. Atravesé el Puente de Carlos hasta detenerme en las barandas del malecón junto al gran Moldava, ese grave testigo de múltiples invasiones perdidas en el tiempo. No pude sostener mi emoción en ese puente, tan antiguo como la sangre.
Entré a una Praga convertida hoy en museo turístico para las nuevas hordas bárbaras de este siglo. Sin embargo, Praga sostiene su fortaleza poética milenaria. Sólo basta internarse por las callejuelas de barrios tan llenos de misterio: Staré Mesto, el ghetto judío, donde supongo sintió Kafka la desolación y sus terrores; o vagar por la llamada Ciudad vieja hasta llegar a la Plaza de San Wenceslao, testigo de la invasión de los tanques rusos en 1968, los mismos que destrozaron la maravillosa primavera política en esta ciudad de campanarios y de torres.
“¡Praga! A quien la ha visto una vez por lo menos / su nombre la canta en el corazón / y es ella misma una canción entretejida de tiempo, / y nosotros la amamos”, me susurra desde la ausencia el poeta checo Jaroslav Seifert.
Más de mil años de antigüedad se contemplan desde su malecón. Cada época tiene aquí su marca, construye un cuadro de entrelazados estilos arquitectónicos. Tanta historia es cierta, tanta saga comunitaria. He aquí la Plaza Mayor con su viejo reloj astronómico, la gótica Estaronová, sinagoga de finales del siglo XIII; el estremecedor cementerio judío, escenografía silenciosa de la mortandad histórica.
Al otro lado del Moldava la cuidad se prolonga con una arrebatadora belleza. En el barrio bohemio de Malá Strana, mientras los apresurados turistas no dejaban de correr sin detallar alguna oculta y hermosa callejuela de este barrio antiguo que con su belleza todo lo arrebata, me sedujo la calle Nerudova donde nació Jan, el verdadero Neruda, aquel checo que escribió poemas llenos de pasión por su tierra. Entonces, frente a su casa natal me detuve a saludar al poeta, la misma donde escribió hacia 1857 en sus Flores de cementerio: “Pues yo conozco al pueblo, que con cuchillo de corte repugnante / se apodera del pan y la gloria con sudor, / que quizá pone mis canciones en su pobre balanza / y así les graba en la frente la señal de su juicio”. Qué tanto le debe a este checo el enorme austral Neftalí Reyes Basoalto.
Es el medieval Puente de Carlos quien une los dos extremos de la ciudad encantada. El Castillo de Praga la observa desde hace más de mil años y, tal como el de Kafka, sigue inamovible, misterioso, fantasmal, seductor en su nocturna belleza. También yo, igual que el poeta Seifert, “apoyé la mejilla sobre la piedra del viejo muro del castillo. En el oído, de pronto, sentí un retumbar oscuro: eran los siglos y su bramido”.
Bajo la tímida y delgada nieve de un agonizante invierno, caminé por las calles de donde huyó hacia París Milán Kundera; las mismas donde se contagió de tuberculosis Kafka y donde el Stalinismo silenció desde 1948 a Vladimir Holan por su “formalismo decadente”. En su casa, a orillas del Moldava, en la isla de Kampa, aún después del largo encierro de casi cuarenta años y de su muerte en 1980, se le escucha decir tras las cerradas cortinas: “Llegó el tiempo de callar… Existe la mordaza y existe también la cruel pregunta: ¿por qué escribir?... Por supuesto hay momentos, y pueden durar años, en que al hombre no le queda sino hablar consigo mismo”.
Con estupor observé cómo el edificio que sirvió de morada al autor de El proceso, hoy está convertido en una casa de cambio de moneda extranjera. Es la broma, me dije. Demasiada ironía kafkiana. Más allá, en Mala Strana, una tienda ofrece platos, vasos, estampillas, porcelanas, camisetas con el rostro anonadado del Señor K. Vaya risa. La ciudad ahora vive de sus grandes mitos. Kafka es solo un souvenir para el extraviado turista.
¿Dónde encontrar la magia de la vieja Praga? ¿Dónde sus ritos secretos, su explosiva y seductora música poética? Pero he aquí que la ciudad resiste, mantiene, en medio del azote de los actuales mercaderes, su encantadora metafísica, la presencia de un milagro, y eso basta para saber que no ha sido en vano recorrerla, sentir su aire bajo una acariciante nieve, su gente hermética y pétrea ante el visitante suramericano.
Es bella Praga. Hermosa ciudad que viví en su festín de adoquinadas calles, en la que escuché palabras sin llegar a comprenderlas nunca. Ciudad donde me vi morir y existir como amante en noche nupcial. Adolorido por mi país, escuché otras músicas, tan lejos del murmurante sonido de mis tropicales ríos.
Allí está Praga. En ella supe que la poesía aún sobrevive.

*Poeta y ensayista colombiano